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Buenos Aires (Argentina), 19 de febrero de 2016. Afuera, su compañero o noviecito, está esperando con un paraguas. Quien sabe a qué hora van a volver. Quién sabe qué van a hacer, a dónde va a ir. En definitiva, poco importa; por algo son adultos.

—Ella está lúcida, ella también. Ella… más o menos. Con ella podés hablar. Después te marco los hombres —dice el hijo del dueño del geriátrico, mientras señala con el dedo índice las cabezas sentadas alrededor de una mesa de plástico blanca con vasos de colores.

Parece una fiesta infantil de cumpleaños: tres mujeres mirando las noticias en un televisor de plasma colgado de una pared de azulejos blancos.

—Es mentira —dice una de las mujeres ni bien el hombre se va —. Yo no estoy lúcida.

Y con la cabeza señala a una cuarta mujer en la ronda.

—La única lúcida acá es ella.

La cuarta mujer tiene la boca abierta y el cuello estirado para atrás. Cada tanto se mueve como si tuviera espasmos. Suspira pesadamente.

¿Cómo nombrar la vejez? ¿Por qué resulta tan incómoda la palabra? ¿Por qué se le teme tanto? La palabra “viejo” está asociada a muerte y decrepitud. ¿Anciano? Trae aparejada inactividad. Decir adultos mayores parece una redundancia necesaria. Las sociedades actuales tienden a caracterizarse por el envejecimiento de sus poblaciones que cada vez más incrementan su expectativa de vida, hasta el tal punto que en Japón Hidekichi Miyasaki se convirtió en el primer corredor en establecer un nuevo record mundial en 100 metros llanos para la categoría de 105 años. Las políticas científicas están orientadas a extender la vida humana a límites extremos y la vejez se convierte en un período de la vida que puede prolongarse por más de cincuenta años, superando a las otras etapas. En todas las sociedades siempre existieron personas viejas pero en la actualidad, por primera vez en la historia del mundo, las “viejas” son las sociedades.

Si todo sigue como se espera, en América Latina en 2050, una de cada cuatro personas no va a saber cómo llamarse: si anciano, adulto mayor o alguna que otra moda que maquille el temor de volverse un viejo.

Antes, nuestros abuelos morían a los cincuenta. Hoy se vive, en muchos casos, hasta los cien años. El proceso de transición demográfica, ocurrido en la segunda mitad del siglo XX produjo una disminución de la tasa global de fecundidad pasando de seis hijos a menos de tres por mujer. Paradójicamente, la única población que crece en las sociedades actuales -la que más crece- es la de los viejos. La población total se multiplicó por dos veces y media: la de personas mayores casi se sextuplicó. El problema de cómo denominarla se vuelve aún más complejo: cada vez hay más trapos que se dicen viejos.

Como cualquier casa antigua de conurbano esta fue remodelada para un negocio. La puerta, camuflada por una pared amarilla de dos metros, separa la casa de la calle de Turdera.

En el patio delantero, hay una especie de hall con una fuente de losa: hacia el fondo una galería protege la entrada. Debajo del techo a media agua, un viejo fuma un cigarrillo como un cow boy ((vaquero) de película cubriendo la brasa con la mano del viento. Se empuja con una pierna haciendo presión contra una columna, mientras balancea su silla hacia atrás. Lee un kindle (libro electrónico) con las letras en tamaño extra large. El dueño del geriátrico charla con él, del clima, a los gritos. Le pregunta si es el segundo cigarrillo o el tercero, y le recuerda que sólo tiene permitido uno.

El acento del viejo es raro; trabado, como si tuviera que aceitar cada palabra.

—Es de Manhattan  —dice el dueño.

— ¿Cómo hizo para llegar desde Nueva York hasta Turdera?

—Lo trajo la hija.

Se abre la puerta como en un templo romano que las películas recrean con materiales de supermercado. El olor: una mezcla de desinfectante, pañal de niño viejo y bizcochuelo Exquisita. Adentro, los residentes están sentados en distintas rondas, las manos puestas en sus quehaceres invisibles. Suenan de fondo los fraseos grasosos de John Fogerty en los clásicos de Creedence. Da la impresión que, en algún lugar recóndito de la casa, con suerte, puede haber gente en movimiento.

El dueño va marcando a los lúcidos y a los que no lo están. Las miradas de los viejos, temerosas, persiguen al dedo que va a caer sobre sus cabezas como un veredicto. Después de presentar y hacer su show, el dueño se aleja cantando las canciones de Creedence a los gritos no sin antes detenerse para hablar con una de las chicas de limpieza.

En la mesa hay cuatro señoras, la que más habla es Amelia. Presenta a las otras tres sentadas en ronda. Hay una sentada con la cara borroneada como una pintura abstracta, es Primavera. Tuvo un accidente cerebro vascular (ACV) hace unos meses.

Al lado de Amelia, Mirta está esperando el llamado de su hija para volver a vivir con ella. “Me está haciendo una casita en el fondo”, dice. La cuarta, Guillermina, casi susurra y tiene problemas para articular las palabras; también por un ACV. En unos minutos, cuando su hijo aparezca vestido de traje negro en la arcada de la puerta, dará un salto de la silla, como una nena.

—Yo no creo en eso de que lo único que no envejece son los ojos —dice Amelia, sin dejar de mirar las noticias del plasma colgado.

Dice que para ella sí envejecen, los ojos. Primero no ves nada y después se van volviendo cristalinos y brillantes de tanto recordar, aunque no por las cataratas, ni las operaciones, ni la reducción de la vista sino por focalizarse siempre en un punto, en el vacío, dice. Una masa cristalina a la que los ojos vuelven día a día, un punto ciego, infinito, que contiene la información completa del pasado. Amelia mira ese punto ciego al igual que sus compañeras de mesa. La cuarta da un par de espasmos.

Recuerda entonces. Meses atrás, hace no tanto, tuvieron una fiesta. Había de todo, dice. Comida como para cuatro días. Los dueños contrataron un catering, sanguchitos de miga, bebidas varias, hasta vino y cerveza. Los residentes que no habían hablado entre sí – a pesar de compartir el hall central día a día – se habían levantado de sus asientos para bailar y conversar un poco.

Amelia es coqueta y coquetea, tiene puestos unos prendedores que captan y desvían la atención por sobre los joggins grises y el sueter azul. Hace reír a sus compañeras de mesa. Ante la pregunta por un posible novio, ella contesta que sí; cada tanto sale y tiene un novio que la pasa a buscar.

—Me tuve que buscar uno afuera. Acá adentro no conseguí nada, míralos  —dice y señala con la mano a la mesa de al lado —. Están todo el día leyendo el diario y peleándose por las noticias.  Ahora en un rato me pasa a buscar. Vamos a tomar un cafecito al shooping acá a la vuelta, ¿conocés?

Los cambios demográficos generan nuevas formas familiares que presentan en la actualidad una coexistencia de varias generaciones. Hay más personas viejas (abuelos, bisabuelos y tatarabuelos) y menos jóvenes (producto de la disminución de la natalidad). Existen ejemplos de familias compuestas por cinco generaciones vivas: familias que se caracterizan por tener muchos ascendientes y, por lo tanto, pocos descendientes en comparación con la familia tradicional de inicios del siglo pasado. Estos cambios se acompañan, muchas veces, de nuevas necesidades. Entre ellas, es de vital importancia la relación de cuidado: una disminución de la demanda social para con los niños y, un incremento por parte de los ancianos. Básicamente hablando: hay menos chicos para cuidar y más personas viejas para sostener.

El costo mensual de un hogar privado varía entre los 8.000 y los 50.000 pesos. Los hay de todo tipo. Los que parecen un hotel alojamiento, con sus heladeritas personales, teles de plasma colgadas a más de dos metros de altura y camas con colchón de goma espuma, y los que parecen hoteles caros con estrellas estilo caribe, pileta de natación, mucha cera en los pisos y gimnasio con mancuernas y aparatos último modelo. Otros, parecen sacados de un libro de historias tenebrosas, al ser clandestinos no presentan las condiciones mínimas de higiene y los viejos no tienen oportunidad de queja.  Geriátricos estatales con oscuros pasadizos y largos salones comunitarios donde los residentes trafican cigarrillos y petacas como jugadores en cancha de bochas, y geriátricos también estatales, donde hay más gente de limpieza que viejos, y las políticas de no aburrimiento y rejuvenecimiento encabezan la lista de temas en la agenda de los directivos. Geriátricos tristes, con trabajadores alegres, y geriátricos luminosos y anclados en un bosque de cañaverales, con residentes al borde de la locura.

El último censo nacional señaló que en la Provincia de Buenos Aires existen casi seis mil viviendas colectivas, en las que se incluyen los hogares de ancianos; por su parte el Defensor de la Tercera Edad, Eugenio Semino, asegura que en el conurbano bonaerense se registran un poco menos de seiscientos geriátricos. Las instituciones estatales albergan aquellas personas de mayor edad en situación de vulnerabilidad social, es decir, aquellos que no tienen plata, ni casa, ni familia. Los viejos viven en las ciudades donde tienen un mayor acceso a servicios sanitarios y a obras sociales. No obstante, aún en los países con mayor urbanización de la población vieja, hay personas que no quieren dejar su casa y se encierran; aislados, se aferran a sus pertenencias, sus recuerdos y fantasmas También, hay hombres y mujeres que abandonan su entorno conocido, y viajan del campo a la ciudad, solos o abandonados, sin casa ni familias, para recibir algún tipo de cuidado.

Más de la mitad de los viejos viven en hogares conformados. Esto puede explicarse debido a que, los países que tuvieron una tradición política de más larga data focalizada en la seguridad social, muestran que los ancianos viven en hogares de menor tamaño. Sin embargo, son bajas proporciones de personas que viven en hogares geriátricos. Se trata de un porcentaje menor de las personas de mayor edad (1,3%) debido a que la tradición de la familia aún es un núcleo sólido. Cuando por algún motivo extremo las personas mayores deben vivir en una institución de larga estadía como los geriátricos, si cuentan con sus hijos, nietos o bisnietos, suelen ser visitados frecuentemente, y salen, ansiosos, para visitar a sus familiares.

Hace más de diez años que Raúl vive en un geri  átrico privado en la localidad de Mármol, Almirante Brown. Su hija lo visita todas las semanas, cuando no está ocupada preparando alguna tesis para su doctorado o clases universitarias.

El Hogar es un chalé al estilo californiano de la década del 50. Una construcción compacta, maciza, con tejas españolas y un amplio jardín que con la ampliación del negocio sufrió distintas edificaciones hasta convertirse en uno de los tantos geriátricos que hay por la zona. El antiguo living de la casa sirve ahora como un hall de recreación, de cuyas paredes cuelgan cuadros pintados con colores radioactivos. Raúl está sentado en ronda con otros cuatro viejos, en una mesa de madera, una pila de diarios enfrente suyo que hacen circular de mano en mano, y en silencio. Cada tanto mira y sonríe; los ojos tristes, desviados. Viste un jogging gris y una remera blanca, manchada. Hace mucho calor y los aires acondicionados silban una falla eléctrica. Las mujeres en otra mesa, trabajan en telares con una coordinadora. Los hombres apenas las miran. Atentos a las noticias, se reparten los diarios en silencio.

—En el 94 nos separamos con mi compañera, y después conocí a una mujer  Pero fue corto, apenas unos meses. Este de acá es de derecha —dice Raúl cambiando de tema, mientras señala con la cabeza a su compañero de mesa. — Está con Roca. Es un azul.

El hombre enfrente de Raúl, con la boca abierta, cada tanto enfoca.

—Ese está bien, se hace el tonto —dice Raúl a los gritos, sin importarle mucho la indiscreción.

— Era dueño de la Chrysler, la compañía de autos, ¿viste? Ahora tiene problemas con los hijos porque se encerró acá con toda la plata en el banco.

Raúl fue obrero textil y militante de la izquierda durante toda su vida. Su hija es investigadora del CONICET. Tiene que sentarse al lado de un hombre que celebra la matanza de indios al sur del país. La privacidad es un bien precioso y en un geriátrico cada acto está en escena: es visto por sus compañeros, por médicos, asistentes, familiares. Se pierde independencia porque prevalece en ellas los regímenes colectivos y no existe una adecuación a necesidades particulares o a los gustos personales de los internos en los servicios que ofrecen. Aunque diversos en sus orígenes culturales y modos de vida, la mayoría opta en el paso del tiempo a adaptarse a las normativas y también a sus compañeros de cuarto y de mesa, generando nuevas y extrañas relaciones.

—Este lugar creo que, dentro del nivel económico, es el mejor. Acá hay un cuidado de la salud que en los otros no. Te toman la presión y apenas notan algo te clavan alguna pastilla. Hasta creo que estoy sobremedicado.

Según el Centro Latinoamericano de Demografía, actualmente, hay menos de 80 hombres por cada 100 mujeres en la población añosa. La esperanza de vida a los 60 años es mayor para las mujeres. Acá, en este geriátrico de Mármol, si se organizara una milonga, las mujeres tendrían muchos problemas para encontrar una pareja de baile. La cantidad de residentes es de apenas 54 viejos, de los cuales 38 son mujeres.

En el envejecimiento, los hombres suelen requerir cuidados: su esperanza de vida es mucho menor al de las mujeres. Tienden a enfermar antes y recibir el cuidado por parte de sus cónyuges. En el caso de las mujeres, son atendidas por sus hijas, o por una señora ajena a su familia, y, en el último de los casos, por sus hijos. Pero cuando el cuidado  pasa por los dueños de una residencia, al juntarse nuevamente y socializar con otros, los géneros se separan como en un colegio primario: los nenes con los nenes, las nenas con las nenas.

—Ahora, a los ochenta y tres que tengo, ya está – dice Raúl – ¿para qué voy a buscar una mujer? 10 años atrás por ahí, sí. Conozco casos de gente de 70 y pico que hace pareja…. no por la actividad sexual, porque, ¿a quién se la vas a contar?

El predio donde está ubicada la Residencia de Adultos Mayores “Santa Ana” en el Partido de San Martín provincia de Buenos Aires es enorme. En centro de la sala principal descansa una mesa de quebracho larga y rectangular. Varias personas, algunos con la boca abierta, otros a punto de dormirse, escuchan en silencio las plegarias de un viejo que se pelea con sus propias palabras. Cuatro asistentes sociales, una psicóloga y una médica discuten con él los horarios de la siesta. Son las 12 del mediodía. La reunión fue anunciada como de “Códigos de Convivencia”.

—Que se respete el horario de la siesta.

Asegura también que necesita llegar al horario de comida y que no sea todo tan rápido.

— Se me traba la comida en el cuello —dice.

Las asistentes lo escuchan. Intentan cambiar de tema hacia otros focos de interés común: las horas de bordado, los horarios con la televisión, las clases de baile.

— Que se respete bien el horario de la siesta me parece importante.

Después de varios trabajos de remodelación y mucha voluntad, el “Santa Ana” se convirtió en un hogar a cargo de la cartera de Desarrollo Social, con 80 residentes, donde se aplica una política basada en derechos. Esto significa: no se basa en una bajada institucional sino en una mirada progresista sobre los derechos humanos de los residentes. El Santa Ana es público, pero su ingreso no es fácil. Para entrar, hay que ser una persona en situación de vulnerabilidad social. Es decir, venir de la calle.

En la mesa, las asistentes sociales hablan a los gritos.  Ocho residentes escuchan.  El lugar es amplio y limpio. Más allá del viejo que pide y pide por el respeto de la siesta (sagrada para muchos), los otros comentan cosas al pasar. Al terminar la reunión, una señora grandota, con los labios pintados se levanta y, como puede, camina por el pasillo central: usa un andador, va del brazo de una enfermera, llega tarde a un cumpleaños.

—Me subió la presión y tuve como un ACV. Siempre iba a una clínica y un muchacho me recomendó ir a un hogar. Él hizo los trámites. No tengo hijos. Me casé para tener hijos pero Dios no me los dio. Había elegido los nombres, todo.

Muchos de los residentes no tienen familias. La mayoría fue rescatada de la calle, en situaciones extremas de salud y pobreza. Sin familiares que los reclamen, o algunos con hijos ausentes, los viejos comparten cuartos con frigobar incluido y televisión en cada habitación. La cartelera en el hall tiene actividades, fotos de viajes, de juegos, de tango. “Despertad” reza un cartel evangelista. “¿Vale la pena vivir? Tres razones para no darse por vencido” al lado de un cartel que dice “Lindas fotos del viaje a Concordia”.

Carlota se saluda con la enfermera que la ayudó por el pasillo a caminar y entra en una habitación chiquita. Aunque no lo dice, por eso tiene los labios pintados: es una fiesta. Un grupo de viejos acompañados de varias asistentes (muchas voluntarias) celebran el cumpleaños de Renzo, un ex panadero. Nadie sabe cuando entró en la institución  pero ahí está: Renzo no quiere contestar a las preguntas menos convidar una torta de tres pisos decorada con masa de distintos y radiantes colores, salvo que seas residente o amigo de Renzo. En ese caso sí, te corresponde una porción.

Después de cantar el feliz cumpleaños, los viejos se disponen a hacer una partida de  cartas o abrir algún juego de mesa. Pedro y Juan hacen pareja juntos para el dominó contra Olga y María. Olga está bien vestida, acaba de salir de la reunión del código de convivencia, enojada por los pedidos absurdos de la siesta. Pedro saca la lengua cuando gana. Juan, un gallego de Galicia, cuyos parientes son desconocidos y nunca lo reclamaron, es un muy buen jugador: lo importante, asegura, es entenderse con el otro, no importa si te llevás bien o mal, o si es tu peor enemigo en la Tierra. También hay que ser bueno con las cuentas.

El dominó es un juego lógico, dice Juan, el gallego. Así se gana. Juan es una celebridad en el Hogar. Hace varios años insistió en que quería estudiar Ingeniería Aeronáutica. No un cursito: quería empezar la universidad. Mientras pone una ficha en diagonal que tapa la salida de la otra, un pedazo de torta con crema le mancha el pulóver; asegura que ya sabe mucho de lo que se aprende en el primer año de la facultad. Su voz es apenas un silbido.

Los directivos no conocen la vida previa de Juan, pero él sabe que con la plata de la pensión puede pagarse el remís hasta la facultad y las fotocopias. No entiende el concepto de gerontofobia, un término muy utilizado, últimamente, para definir un tipo de discriminación hacia los viejos cuya raíz se encuentra, implícitamente, en reacciones políticas, económicas y sociales; él asiste a clase igual. Al principio las autoridades del hogar no estaban muy de acuerdo con que Juan fuese un universitario, pero cuando vieron que insistía, accedieron. No tiene miedo de las escaleras de la facultad, y si bien en la actualidad se valora al extremo la juventud, la fuerza, la belleza física, y se le atribuye a la vejez valores negativos como decrepitud, declinación, enfermedad y muerte,  él va igual. Aunque lleve el andador y cada tanto necesite ayuda de alguna de las enfermeras a sus 85 años; va igual. Por gallego, dice. Por cabeza dura.

En sus dedos, algo cortos, Jorge tiene varios anillos. Uno grande, de oro. Se mueve y choca haciendo un sonido metálico sobre las teclas rotas de un piano restaurado. Jorge es bajito, tiene un polar con muchos pelos de perro que emana un olor algo rancio y un joggin negro. Camina con pasos cortitos, como si tuviera los cordones de los zapatos trenzados entre sí. Sentado en una silla de plástico, en una sala blanca y demacrada del Centro Cultural de Ituzaingó, al oeste del conurbano de Buenos Aires, dedica temas: standars de jazz (“¿Te gusta Gershwin?”), tangos (“A mi el tango no me gusta”), alguna que otra pieza de estudio de música clásica (¨Esos tipos sí que sabían¨).

—Adentro tenemos un lugar donde hacemos música y recitamos poesía. Tortoni le pusimos. Hay un piano ahí. Este suena peor, igual.

“Adentro”, para Jorge, no es este lugar en donde ahora prueba un instrumento desafinado para un concierto que prepara. “Adentro” es un hogar de Residencia Geriátrica, muy similar al Santa Ana, ubicado a veinte cuadras del Centro Cultural de Ituzaingó. Al igual que el mencionado Santa Ana, también es un lugar amplio y grande, con casi seis hectáreas, lleno de cañaverales no talados y algunas lagunas. El predio linda con un campo de entrenamiento militar, pero los residentes apenas registran a los colimbas cuando entrenan. Como el Santa Ana, alberga viejos abandonados, sin familiares, solos o en pareja; algunos con hijos sin recursos.  Son más de ochocientos residentes.

Jorge es un poco reacio a hablar sobre su pasado. No le gusta contar lo que pasó ni cómo llegó a estar registrado en ese hogar. Durante los primeros años hablaba muy poco. Hasta que descubrió un piano. Se acercó y tocó unas notas. Una de las enfermeras de la Residencia Geriátrica lo vio y le pidió canciones. De a poco, la pasión por el instrumento volvió; como si no hubieran pasado los años. La enfermera estaba tan intrigada por este enigmático personaje que lo googleó y encontró que durante muchos años había sido pianista de Piazzolla. Le propuso armar un club de lectura y de música. Y de a poco le consiguió un lugar en el Centro Cultural.

El régimen de salidas en el Hogar de Ituzaingó, a diferencia de un Geriátrico Privado, es más libre. Los viejos pueden salir y entrar cuando quieren. Muchos tienen trabajos afuera: limpian casas, hacen changas de pintura o albañilería.  O se dedican a los perros. Los perros, según cuenta Jorge, conviven con los viejos incluso en las mismas habitaciones. El ingreso es limitado aunque en muchas habitaciones vivan más de dos personas, las habilitadas por el régimen de convivencia.

—Adentro, todos tienen perros —dice Jorge—.  La gente se pelea para cuidarlos, para darles de comer,  para tenerlos en sus cuartos. También hay peleas por los cuartos.

Hay muchos que solo se pueden relacionar con los perros, nada más. Y entre ellos se son capaces de agredirse físicamente por una frazada agujereada  o una cama al lado de la ventana. Jorge no está muy preocupado por los perros. A él solo le interesa el piano y tocar con sus amigos. Sale y organiza conciertos en la municipalidad de Ituzaingó. La gente lo quiere y lo saludan por la calle.

—El fanatismo no va conmigo. Gané el Gardel de Oro. Pero no me interesaba el tango. Me gusta el jazz, Bill Evans. Pink Floyd me encanta.

Jorge es locuaz pero guarda más de lo que dice. Repregunta a cada rato. No termina una respuesta que ya está ramificando su historia. Asegura que no es viejo, viejos son los otros, y por ese reflejo, él se da cuenta que el tiempo ha pasado. La percepción de la edad que tienen los mayores se da en la mayoría de los casos con respecto al trato que reciben de los jóvenes.  La percepción cambia cuando se refieren a los jóvenes del entorno más cercano; en el caso de los mayores con familia, al hablar de sus nietos.

¿Qué representación tienen las sociedades jóvenes sobre la vejez? El aumento de la “cronologización” vital – la utilización de la edad para determinar en qué actividades deben comprometerse los individuos- produjeron un curso de vida standard que está separado en tres compartimientos: educación para los jóvenes, trabajo para los adultos y ocio para los viejos. Ocio que en muchos casos se convierte en una cárcel de inactividad; un resto improductivo, un domingo perpetuo.

Si la división en tres compartimientos es reemplazado por un modelo menos restrictivo, la educación debería volverse cada vez más accesible para las personas de mediana edad y adultas mayores. Sin un aprendizaje permanente, es inevitable que en una sociedad que cambia rápidamente las personas se vuelvan cada vez más obsoletas a medida que  pasa el tiempo. En la disciplina gerontológica se ha propuesto ampliar la integración en el contexto de las aulas de la educación tradicional ya que podría jugar un papel en la promoción del aprendizaje entre los que no son jóvenes.

Juntar a jóvenes y mayores con intereses similares para trabajar en un proyecto a largo plazo (como un voluntariado, por ejemplo) puede ayudar a romper las barreras  En general, uno puede anticipar que los tipos de interacción que conducen a resultados más positivos deben consistir en relaciones persistentes que impliquen igualdad, intimidad y cooperación y se podría plantear la hipótesis de que la integración entre edades tendería a reducir los estereotipos relacionados con la inactividad, la decrepitud y sobre todo la inmanencia de la muerte que los jóvenes tienen con respecto a los viejos. Por tomar un ejemplo: la sinergia que se produce en una empresa recuperada, como fue el caso de Zanón durante la etapa de flexibilización laboral, previo a la cooperativa, las áreas de recursos humanos enfrentaban a jóvenes contra viejos por prejuicios tales como “estos (los jóvenes) son los que te vienen a echar” o “no les pidas consejos a los viejos que no saben nada”. En el proceso de recuperación de la empresa se da una interacción (condicionada por el contexto) en donde los jóvenes aprenden de los viejos y viceversa.

Jorge cierra la tapa del piano. Vuelve a hablar de tango, de música, de su compañero de cuarto que es escultor, del Tortoni que queda en la avenida de Mayo y del otro, que queda adentro del geriátrico, su propio Tortoni privado. Asegura que hay mucha gente y muy creativa en el Hogar de Ituzaingó.

—Quiero hacer cosas, y las voy a hacer —dice Jorge—. Yo conozco jóvenes-viejos y viejos-jóvenes. Para mí no existe eso de la vejez. Tiene que darse paso a la gente joven, y enseñarle, porque la gente joven es el futuro también. Eso de la envidia, no va.

Si para un joven insertarse en nuestra sociedad le resulta cuesta arriba (incluso con recursos económicos y sociales), la desigualdad que sufren los viejos es continua y en muchos casos estructural. No hay igualdad de posibilidades y las oportunidades dependen en gran medida de los atributos sociales, de clase, si sos hombre o mujer, la pertenencia a un estrato social y económico determinado, etc.

Esas mismas ventajas o desventajas que se padecen socialmente durante la juventud y la adultez repercuten de un modo acumulativo (es decir, para peor) en la forma de envejecer. Dime cómo has envejecido y te diré qué tipo de geriátrico te espera al final de tu vida. Así que, por lo general, el perfil de las personas que viven en instituciones geriátricos son los solos, sin familias, con serios problemas económicos, o sus familias tienen problemas económicos, o las personas muy enfermas.

En los hogares privados, van los solos que no tienen familias, los de sectores más altos, o los que están muy enfermos. De los primeros se ocupa el Estado, de los segundos los dueños del negocio. Ahora, apenas garúa en el Geriátrico Privado de Turdera, la pared amarilla separa la calle de la residencia privada. El viejo debajo de la galería prende su quinto cigarrillo. Se balancea contra una columna y pregunta si la visita estuvo bien. Está terminando la novela número 56 de las doscientas que tiene cargadas en su kindle.

Su nombre es Michael, es de Manhattan.

Habla un castellano rasposo. Estuvo metido en las drogas, fue algo así como un poeta beatnik, y persiguió a una argentina hasta Ibiza. Se casó y se vino para Argentina, más precisamente, a Turdera. La mujer tuvo un brote sicótico y se suicidó. El se deprimió y tuvo un ataque al corazón con cuádruple bypass. También dice haber colaborado con la policía antinarcóticos de Estados Unidos, para compensar un poco su adicción. ¿A qué era adicto? Al hachís, cuenta.

Está leyendo una novela de ciencia ficción. Trata de un futuro devastado donde unos extraterrestres pelean por unas salinas químicas con poderes curativos. Aquellos que se curan padecen la fatalidad de la inmortalidad y entran en un rulo temporal.

—Acá siempre pasa lo mismo. Es como estar siempre en la misma situación. Me levanto, leo, fumo, como y me duermo. Siempre lo mismo.

Tira el cigarrillo contra el pasto.

—Yo estoy lúcido —repite en su español desarticulado.

Mira la pared que divide la casa del afuera.

—Yo vi la pared de México, también la de Berlín. Ahora vivo detrás de una pared.

— ¿Por qué no sale? ¿No puede volver a su casa, con su hija?

— ¿Qué voy a hacer afuera?

Suena el timbre de la puerta. Se abre la puerta del geriátrico. Amelia, la vieja coqueta que oficiara hace un rato como maestra de ceremonias, camina hasta el escalón, tantea el clima. Mueve los hombros con frío y se los tapa con una campera impermeable. Saluda a Michael con un gesto. Antes de irse, dice a un costado:

—Este no habla mucho, se la pasa leyendo todo el día de su aparato.

Amelia pide un contacto telefónico, repite las invitaciones, promete un baile de milonga, y abre la puerta.

Fuente: Revista Anfibia

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