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Costa Rica (diciembre de 2016). Por Alfonso J. Palacios Echeverría. A riesgo de dañarle las fiestas a muchos (más de los que uno se imagina) voy a tocar un punto delicado que se hace evidente durante estos días de fiestas. El abandono de los ancianos.

Desde años anteriores se ha presentado de forma recurrente el abandono a nuestros ancianos lo cual ha conllevado a que en la actualidad, las personas de la tercera edad empiecen a ser desplazados no solo por parte de sus familias sino también por parte de la sociedad en general.

En estos momentos es dramático observar que día a día en nuestras ciudades se presenta de forma creciente la indigencia en ancianos, y esto nos hace preguntarnos: ¿cuándo volvimos inútiles a los percusores de la sociedad? ¿En qué momento nos olvidamos de lo importante de nuestros padres y abuelos?. Nos olvidamos de su importancia para las futuras generaciones, las cuales al parecer crecerán sin llegar a escuchar las anécdotas, historias y recuentos de épocas inmemorables de nuestra sociedad y de su participación en dichos hechos.

Esto nos hace pensar ¿qué será de nosotros cuando lleguemos a ancianos quien velará por nuestros cuidados, si seremos o no amados, o por el contrario si seremos olvidados y desechados como un artículo viejo que nadie quiere o necesita?

Una de las razones más comunes que se mencionan como causante de este fenómeno es cuando una persona de la tercera edad ha cumplido con su vida laboral útil, y que no es productiva en términos económicos para un grupo familiar, transformándose en una carga potencial de gastos para la familia a la que pertenece. Situación que se transforma en causal de rompimiento de interacción humana, relaciones, comunicación y hasta la afectividad. Siendo esta última de gran importancia para el fortalecimiento y crecimiento de una familia.

Al producirse un quiebre en los puntos antes nombrados (comunicación, afectividad), la tercera edad se repliega o es desplazada a un “rincón” del hogar, reduciéndose su mundo social, provocando en el sujeto (tercera edad) una serie de repercusiones tales como abandono familiar social, aislamiento, transformación o cambios en los lazos afectivos, cambios bruscos en los estadios de ánimo, etc.

Otro caso frecuente ocurre cuando la familia se apodera de los bienes materiales de la o el adulto mayor, aprovechando su fragilidad, falta de memoria o dependencia. El abandono cobra sentido cuando al dueño original se le ignora, o se le agrede (física o verbalmente) y en ocasiones se le desplaza de la familia llevándolo a asilos o albergues en contra de su voluntad.

Por consecuencia, las familias pierden a un miembro clave para continuar con el aprendizaje y la sabiduría por experiencia. Socialmente este comportamiento denota una pérdida de identidad y fomenta la extinción de la trasmisión cultural, de generación en generación, benéfica para el núcleo familiar y su identidad.

Una noticia aparecida en un medio electrónico local me llamó la atención fuertemente, y éste mencionaba que el abandono, la exclusión y olvido contra personas adultas mayores tiende al alza durante el último mes del año. Zulema Villalta, presidenta del Consejo Nacional de la Persona Adulta Mayor (CONAPAM), aseguró que anticipan un crecimiento de hasta 20% en los casos de abandono hacia los ancianos durante diciembre.

Los hospitales concentrarían mayor cantidad de adultos en estado de abandono. Según Villalta, hace poco más de un año la cifra de adultos abandonados en centros médicos era de 160. En meses anteriores, el CONAPAM trasladó 40 ancianos a centros de atención. Dicha cantidad, en vez de bajar a 120 personas, se mantiene y se teme que aumente en las próximas semanas.

No se imagina uno lo que puede ser la soledad de la vejez, hasta que ella empieza a aparecer día a día ante nuestros ojos, en el rostro lleno de arrugas del anciano que pasa sus días esperando la llegada de un hermano, o un familiar que jamás vendrá a visitarlo, o en el silencio de una anciana que reza por unos hijos que no han vuelto a preguntar por ella, o cuando no hay respuesta para la anciana que, desde su silla de ruedas, pregunta: ¿qué me va a mandar, doctor para que se me quite la tristeza?.

No se entiende bien la realidad de aquel verso de Gustavo Adolfo Bécquer: “Dios mío, ¡qué solos se quedan los muertos!“, hasta que no se asiste a la muerte de un anciano en un geriátrico: la urna estará solitaria en la capilla, a veces alguien del personal traerá flores, alguna anciana rezará el rosario y los demás se acercarán solo un momento, porque la idea de la muerte es siempre una sombra que ronda por sus vidas; rara vez habrá un familiar que llore, que acompañe al viejo hasta el cementerio o que alguna vez le lleve flores…

La vida en un geriátrico no es fácil y resulta duro pensar que en nuestro país mueren cantidades de ancianos por desatención, por falta de recursos económicos y por falta de amor. Nosotros los que estamos afuera, pensamos que nuestros problemas son una gran catástrofe, pero no imaginamos lo que podría estar pasando en la mente de esos hermosos ancianos.

¿Por qué no luchamos por un mejor mañana para ellos?, estoy seguro que buscando una mejor calidad de vida para ellos, nosotros también seremos beneficiados porque es muy simple, con suerte: ¡todos seremos ancianos!

La respuesta está en tus manos. No podemos esperar a que el gobierno o las instituciones responsables lo solucionen todo. Levántate y produce algún cambio que los beneficie. Recordemos que los aportes económicos destinados a este sector son inconstantes, debido a que también existen otros problemas de tipo económico en el país que el gobierno debe solucionar, porque es un abanico de prioridades que finalmente equilibran al país, y que los recursos nunca alcanzan por la inflación y otros factores económicos.

Entonces no podemos esperar, cuando nuestros ancianos se mueren de hambre y soledad. El país somos todos y solo basta una semilla que podamos juntos aportar con constancia y responsabilidad. Comienza con los ancianos de tu entorno familiar. Debemos comenzar por cambiar nuestras palabras, porque estas hieren. Es que las palabras son tan despectivas a veces, sin darnos cuenta, lastimamos a nuestros seres queridos.

 Fuente: El País

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