Adultos mayores, los olvidados de sus familias y el Estado

Cali (Colombia), 17 de febrero de 2014. La pérdida del respeto por el adulto mayor es absoluta. Los familiares los abandonan, el Estado es negligente en su atención, la inseguridad no discrimina a la hora de cobrar víctimas.

La extraña muerte de Fabiola y Marina Restrepo Villegas, adultas mayores que al parecer fueron víctimas de “algo raro” y “premeditado”, según su sobrino Leandro Restrepo Ríos, así lo evidencian. Ellas aparecieron muertas en su casa del barrio Caldas el 6 de febrero, mientras que Magdalena, la otra hermana, sobrevivió a la deshidratación. Ellas no tuvieron hijos y su edad, en vez de despertar compasión, las hicieron vulnerables ante los bandidos, según la versión de su sobrino, que vino desde Canadá para seguir el caso.

Pero otros también son víctimas… del olvido. “Es triste. Muy triste haber criado un hijo y ahora, cuando uno lo necesita, no me voltee a ver. Me sacrifiqué por ella, pero esa es la realidad. Mi única familia es el Señor, creo que Él está esperándome…”.

Con la mirada fija en el vacío, Óscar René Sánchez Ceballos deja salir su amargura. Dos lágrimas se escurren por su piel, muy marchita para sus 67 años. Habla con desilusión de su hija, Sohener Obdila Sánchez Lozada. A los 20 años, se casó y se radicó en Costa Rica con su marido y sus hijos, nietos que él no vio crecer. La última vez que Obdila vino a Cali, recuerda, fue hace siete u ocho años. Él le pidió un número de teléfono, pero no, ella no le dijo nada.

El hombre, que paga  7000 pesos diarios por una pieza en el barrio La Floresta, donde vive del rebusque hace 16 años, no sabe de internet ni de redes sociales. Pero en Facebook, una Obdila Sánchez Lozada, nacida en Cali y residente en Costa Rica, sonríe con su esposo y sus tres hijos, comparte mensajes de Jesús y de Paulo Coelho. Uno de ellos dice: “Un buen padre tiene algo de madre”. Otro tiene una imagen del papá más popular del mundo, Homer Simpson.

Pero lo que más le duele al anciano es la muerte de su hijo Jorge Eduardo, el que sí se preocupaba por él. Él sí le daba la mano, “papá, ¿ya comió?”, “papá, ¿tiene para la pieza?” Y le daba plata. Pero un día apareció muerto. Así es, lo bueno no dura, lástima que me lo hayan matado, se lamenta el hombre.

Los recuerdos amargos opacan su salida del Hospital Universitario del Valle – HUV. Allí pasó 21 días por una obstrucción intestinal, que terminó en cirugía. La trabajadora social Luz Ángela Rivera Pulido agiliza el trámite de salida. Pero a él nadie lo espera. Sólo lleva una bolsa plástica que deja ver una camiseta y ropa interior.

Oscar René es un paciente de cuidado, dice la profesional, porque padece además insuficiencia renal y tiene sonda para orinar. En marzo de 2013, un joven lo recogió inconsciente en la Autopista Sur. Lo llevó al Hospital Primitivo Iglesias. Lo remitieron al San Juan de Dios, lo pasaron a Recuperar, de donde salió para una Casa Hogar. Hasta que en agosto le dijeron que su Entidad Promotora de Salud-EPS subsidiada no lo cubría más.

Entonces volvió a La Floresta. Allí hace mandados, consigna plata, cuida carros. “Me muero trabajando,. Qué será lo que no he hecho para vivir honestamente”, dice. Y cuenta que laboró en la Armada, fue guarda de tránsito, operador en el Ingenio San Carlos, camionero, vendió verduras, cargó madera en el Chocó… “Los vecinos me conocen y me ayudan. Eso es lo que más me duele, que le sirve a uno más la gente de afuera que la gente de la familia”, dice el hombre.

Quizás tiene razón. A miles de kilómetros, Obdila dice en Facebook que “ama más a su mascota que a muchas personas”. Tal vez por eso el día que ella se fue a despedir de su padre, en esa última visita a Cali, él le dijo: “Hasta nunca hija, que Dios te bendiga”.

Cali es una ciudad que envejece. Como Óscar René viven 85.000 adultos mayores en situación de extrema pobreza, con enfermedades discapacitantes y también en abandono familiar. 35.000 de ellos son beneficiarios del programa nacional Colombia Mayor, pero en la base de datos hay 50.000 en lista de espera para acceder al auxilio de 150.000 pesos cada dos meses. 75.000 mensuales.

Beneficio que parece poco, pero por el que muchos familiares engañan a los abuelos y hasta en el lecho de enfermos, les hacen firmar y les toman la huella digital con engaños para reclamar el auxilio. O para apropiarse de sus bienes, quitarles la casa, heredar la pensión.

“La primera entidad protectora del anciano es la familia. Pero ésta hoy no cumple este papel. El adulto mayor les estorba y apenas es hospitalizado en una entidad pública, es una oportunidad de quitárselo de encima”, dice Ángela Patricia Acero, coordinadora del programa Adulto Mayor de la Secretaría de Bienestar Social de la Alcaldía de Cali.

El HUV, entidad prestadora de servicios médicos, parece más un ancianato de NN olvidados. Como Plinio Pastraz, que ingresó por trauma craneoencefálico el 19 de enero y solo el 11 de febrero recordó su nombre. Como fue remitido del Hospital de Palmira, se cree que es un cortero de caña al que un carro le cortó la memoria. No lo pueden echar a la calle porque es un paciente renal de cuidado, que debe ir a diálisis tres veces por semana. “¿Quién me va a visitar a mí? Solo ustedes”, dijo a los reporteros de El País, y agregó que “cuando uno es viejo todo se acaba”.

Ante casos así las trabajadoras sociales se tienen que volver casi espías. Comenzar a rastrear datos con Registraduría, Policía, comisarías de familia, Fiscalía, CTI, entidades hospitalarias, grupos de caridad, para tratar de ubicar algún pariente. Pero si los encuentran, estos aducen que no tienen los recursos para sostenerlo ni tiempo para atenderlo, para llevarlo a las citas y exámenes médicos, en fin. El adulto mayor estorba. Más si está pobre y enfermo.

Muchos reciben visitas, que se presentan como “conocidos”, “vecinos”, “amigos”. Pero hay casos en los que el parecido físico delata que estos están negando el parentesco. “Nos pasó con un paciente con dificultad para hablar, pero cuando veía a la visita, se emocionaba demasiado, se lanzaba a abrazarlos y lloraba. Uno no hace eso con un particular”, dice la trabajadora social Lucelly Ramírez.

Estas profesionales acuden hasta los medios de comunicación. “El diario Q’Hubo es de gran ayuda, cuando los ven, muchos familiares vienen”, dicen.

Como la mamá de Luis*, “un anciano de 50 años” (a esa edad se considera adulto mayor a habitantes de la calle) que llegó por una herida de bala en el corazón. La anciana no sabía de él hace muchos años. Pero se reencontró con un hijo con vejez prematura por su adicción a la marihuana desde los 11 años. Y luego a otras drogas.

La artrosis y la artritis la tienen en silla de ruedas. Pero su corazón de madre no tiene límite. Llevará a casa este convaleciente de aspecto esquelético, así ella dependa de sus inquilinos que la movilizan, la ayudan, la asisten. Dos hijas más la apoyan económicamente, pero viven en Bogotá. Entonces, ¿quién cuidará a quién?

En otro caso, unos familiares no se querían hacer cargo del paciente, pero cuando les dijeron que lo publicarían en Q’Hubo, aceptaron llevárselo. “Les dio vergüenza”, dice la trabajadora social. Otras veces, tienen que ir con la Personería y casi que obligarlos a recibir al paciente.

“El amigo es amigo, familia es la sangre”, dice una auxiliar de enfermería que baña y cambia los pañales a ancianos abandonados. Como la mujer que yace inmóvil por una trombosis que le causó daño cognitivo severo, dice el médico Jonathan Urrego. La registraduría la identificó: María Suárez, 90 años, de Puerto Tejada. Pero no aparecen parientes.

Al abandono familiar, se suma el estatal. El Municipio tiene un solo ancianato, el San Miguel, con cupo sólo para 79 personas. Hay 120 de beneficencia y privados, pero la Secretaría de Bienestar Social no cuenta con el presupuesto para firmar convenios.

“Hay mucho rechazo y abandono familiar hacia el adulto mayor y el postrado es el dolor de cabeza porque no hay quién los reciba”, dice la trabajadora social Luz Ángela. “Debería haber una política clara que exija y obligue a atender a su familiar convaleciente en situación de discapacidad porque no pueden valerse por sí mismos”, dice Lucelly.

Estos pacientes que devienen en huéspedes permanentes, congestionan un hospital de nivel III y IV y le quitan la oportunidad de atención a otra persona.

Además del hacinamiento, glosas por estancias injustificadas y otros líos que traen a la entidad, vivir en un hospital no es lo más aconsejable porque hay mayor riesgo de contaminación, dice Luis Gabriel Lasso, coordinador de quejas y reclamos del HUV.

“El hospital está asumiendo una responsabilidad que no le corresponde, pero no hay una red de hogares de paso del Municipio ni de la Gobernación donde ellos puedan terminar su proceso de recuperación debidamente acompañados”, dice.

Pero si el paciente muere, ahí aparecen los familiares amenazando con demandar alegando “aquí lo dejaron morir” y “a mí nunca me avisaron”, coincide el personal médico.

Más subsidios a adultos mayores

Para Ángela Patricia Acero, de la Secretaría de Bienestar Social, la problemática del adulto mayor va en aumento progresivo. “La pirámide se está invirtiendo: cada día hay menos niños y más ancianos con enfermedades graves (en especial, de orden mental) y en alto índice de pobreza”, explica.

La funcionaria destaca que en esta administración se ha logrado ampliar la cobertura del subsidio de Colombia Mayor de 17.000 beneficiarios en 2009 a 35.000 personas. “Con pura gestión de recursos se han hecho dos ampliaciones de cobertura”.

Sin embargo, admite que Cali tiene poca oferta institucional pública para esta población que crece por habitantes de la calle, discapacidad, conflicto armado, entre otras causas. El presupuesto para el Ancianato San Miguel este año es de 244.440.000 de pesos, que alcanza solo para 79 cupos.

Ella dice que la familia es la que está tirando al adulto a la calle y su misión principal, de cuidar al abuelo, se está perdiendo. “Recibimos muchas solicitudes de atención para el adulto mayor y los que la tramitan son los mismos hijos”, afirma.

También denuncia que los ancianos son víctimas de maltrato psicológico, desnutrición, abandono. Y eso lo ve tanto en el Jarillón y El Calvario como en estratos altos como Las Vegas, El Limonar, Capri. “Nuestra misión es fomentar en la familia y la comunidad la permanencia del adulto mayor en su núcleo familiar. Se les explica desde el punto de vista legal y humano”, dice.

Datos

La situación en el HUV con los ancianos abandonados es tan crítica, que no alcanzan las donaciones de voluntariados como las damas verdes, las vicentinas, las camilianas, las rosadas. Allí escasean los pañales desechables, los artículos de aseo, ropa de cama, ropa de hombre y mujer, calzado y medicamentos.

Luis Fernando Saldarriaga, del programa Colombia Mayor, recomienda también que siempre estén en contacto con la oficina porque muchas veces después de hacer todos los trámites para acceder al subsidio, luego no lo reclaman porque se enferman, se les olvida o cambian de domicilio. Como se trata de población vulnerable que rota mucho, deben informar también los cambios de dirección para poderlos ubicar.

Fuente: El País

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