Ser rico o ser pobre no es sólo un hecho económico en la vejez

Quito (Ecuador), 20 de enero de 2016. Por Ricardo Lacub, doctor en psicología de la edad media y vejez. Cada sociedad construye diferencias y semejanzas entre los grupos etarios (de acuerdo con las edades) y en el interior de éstas es posible hallar otras divisiones producidas por los contextos de significación en los que el sujeto se encuentre.

Ser pobre o ser rico no es simplemente un hecho económico, sino que implica una serie de vivencias biológicas, psicológicas y sociales que determinarán modos de llegar a la vejez, expectativas de rol, tipos de familia o de disponibilidad de sí que pueden resultar diferenciales.

Contar o no con una jubilación o un trabajo puede implicar niveles de independencia o dependencia, recursos de atención y cuidado, capacidad de seguir desarrollándose u otras limitaciones o posibilidades.

El nivel socioeconómico de un individuo es uno de los factores de mayor importancia en determinar la calidad de vida en la vejez. La incidencia en los niveles de salud y enfermedad se encuentra, en buena medida, determinada por la posibilidad del acceso a recursos y del tipo de trabajo que se tuvo, lo cual tiene mucho que ver con las condiciones socioeconómicas.

La falta de recursos materiales es la causa directa o indirecta de carencias como la desnutrición, deficiencias vitamínicas y de la producción de muchas enfermedades y situaciones que determinan una reducción en la expectativa de vida.

La noción de la etnia es otro eje diferenciador, en la medida que ciertas formas culturales basadas en orígenes comunes pueden ofrecer mayores o menores posibilidades de ofertas sociales, recursos para concebirse como un sujeto de determinado rango y escala social, expectativas de reconocimiento, etc. Uno de los ejemplos más interesantes son las comunidades indígenas en las cuales el consejo de ancianos sigue reconociendo un rol destacado de este grupo en el seno de su comunidad.

Las descripciones del sujeto envejecido son múltiples y variables, aún cuando existen algunas que se encuentran extendidas más socialmente. Algunos de los  presupuestos que cargamos acerca del sujeto psicológico en la vejez son: “Los adultos mayores se encuentran solos y deprimidos” o que “son personas cognitiva y psicológicamente disminuidas”.

Resulta importante diferenciar el declive normal relacionado con la edad, donde aparece mayor dificultad para el recuerdo de los nombres propios o cierta lentificación en los procesos de la memoria.

Sin embargo, son cambios que no impiden ni incapacitan al sujeto para llevar una vida autónoma y productiva; no inciden sobre la inteligencia cristalizada y pueden ser mejorables a través del uso de estrategias para la consolidación del recuerdo, tales como los talleres de estimulación de la memoria, ejercitar la actividad intelectual y física, así como mantener una vida social y afectiva activa.

La descalificación prejuiciosa y generalizada promueve tres problemas centrales:

1. Produce limitaciones en la autonomía, ya que el otro comienza a tomar decisiones por la otra persona y el adulto mayor comienza a creerse incompetente.

2. Genera una interferencia en las interacciones sociales, ya que media una duda en la capacidad real del juicio, lo que determina que no se entablen relaciones en profundidad y que se descrea la voluntad del adulto mayor.

3. Induce a que se les oferte y adopten actividades inapropiadas, infantilizantes o poco estimulantes, lo cual por otro lado funciona como un mecanismo que consolida dichas creencias.

Curiosamente, existe una opinión contraria sobre la vejez que afirma que los mayores son todos sabios, lo cual, más allá de ser un prejuicio positivo, es igualmente reduccionista de esta etapa de la vida.

Fuente: El Telégrafo

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